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La Historia de vida

Francisco Pancho Sierra

La Historia de vida Francisco Pancho Sierra
Extractado del libro "Don Pancho Sierra" de Angélica E. Boggia Sierra de Callegari

La familia Sierra fue una de las primeras en habitar el pueblo de Salto, en la provincia de Buenos Aires allá por año el 1800.

Se rescata el nombre de Toribia López de Sierra como la abuela paterna de Francisco Sierra.

El padre de Francisco Sierra también de origen español, coincidentemente llamado Francisco casado con Raimunda Ulloa, era un hombre dispuesto a prestar ayuda a sus semejantes en aquellos tiempos difíciles. De este matrimonio nacieron seis hijos: Enrique, Adolfo, Justo, Toribia, Carlota, y Francisco .

Al fallecer Doña Raimunda Hulla este hombre de estirpe contrae nuevas nupcias contrae nuevas nupcias con Raimunda Báez y entre ambos prodigan a esta tierra otros seis hijos: Pedro, Severo, Estaquillo, Raimundo, Pastora y Serapia.

Francisco Sierra Nació el 21 de abril de 1831, sexto hijo del primer matrimonio.

Fotografía de Pancho Sierra de 1880

Cariñosamente se lo llama Panchito y desde muy pequeño se le nota una sensibilidad muy especial. Respetuoso y obediente con sus padres, vive la vida normal de todo niño siendo un poco silencioso y retraído, como ensimismado en sus propios pensamientos.

Su primario se inicia en el pueblo de su nacimiento, para luego ser enviado a Buenos Aires a proseguir sus estudios en el colegio de Rufino Sánchez y así inicia su adolescencia entre Salto y la capital. Terminado el secundario ingresa en la Facultad de Medicina.

Ya se ve a un apuesto joven de estatura mediana, más bien delgado, de tez muy blanca, facciones llenas de pureza, ojos de cielo, emanando toda su persona una serena bondad que nunca le abandonaba. Ya surgía de él un rayo de luz que irradiaba a través de su influjo ese don que más tarde probaría su gracia de elegido.

Sus manos llamaban las miradas por lo finas y hermosas; traían el destino de la fuente de ofrecer una copa a los sedientos, traían el destino de abrir surcos y plantar la semilla limpia y clara, traían las llaves de un silencio de grandes proyecciones para el hombre...

En esos momentos de su vida, la amistad con su prima Nemesia Sierra comienza a transformarse en amor. Inician un romance que interrumpen sus respectivos padres.

En aquellos tiempos y en hogares como el de los Sierra las decisiones de estos no son discutidas. La separación de la pareja deja un dolor muy grande y el alma apasionada y sensitiva de Panchito Sierra recibe este golpe con la misma intensidad con que era capaz de amar.

Sintió su situación como una tragedia y sin fuerzas para sobreponerse, abandona sus estudios y olvidándose de sí mismo se aísla en la estancia "El Porvenir", entre Rojas y Pergamino, tratando de alejarse de todo contacto humano, solo con sus pensamientos y sus guías internas.

Durante el día permanece en la casa, sale en el crepúsculo, camina lentamente en la noche silenciosa pero llena de voces que lo llaman y se pierde entre las sombras de sus plantas. En algún improvisado banco descansa interminables horas en actitud contemplativa, alejado de sí mismo, sin voluntad, sin deseos, sin pensamientos, sumergido en un torbellino de tinieblas, de confusiones, dudas y silencios.

De esta manera se van sucediendo los días, se alimenta muy poco, sólo al mate acepta de compañero. Francisco Sierra está muy triste, angustiado; lo mismo son las sombras para él que la luminosidad de las estrellas; no escucha el canto de los pájaros, no mira los tintes rosados de la aurora ni el azul del cielo, y al encontrarse con las flores desvía la mirada.

Así pasan los días... Es al anochecer de uno muy apacible en que alguien llama a su puerta. Al abrirla se encuentra con un agradable anciano que le pide albergue. Francisco lo invita a pasar y la vibración de las palabras motivadas por la charla actúan de sedante en su ánimo.

Con la noche ya entrada se van a descansar. Llegada el alba Francisco despierta y comienza a matear, recordando a su huésped se acerca a su cama para ofrecerle un mate. Pero el visitante no está, el lecho intacto delata que allí no hubo nadie durmiendo. Queda confundido sin comprender lo sucedido.

Pasan algunos días y una mañana sale a caballo para recorrer los campos, dejándose llevar por el andar de su manso amigo. Recorre varias leguas hasta que se topa con una casa y en su puerta reconoce al anciano de las noches pasadas.

El anciano sonríe y en medio del silencio mañanero con una voz extraña le dice: "Hace rato que te llamo y que te espero; tu anhelante corazón está llorando tu silencio, el maná que llevas dentro ya rebalsa de su cauce y quisiera expandirse en el bien que le signaste" Estas y otras palabras son aliento y consuelo, amor y esperanza para el alma de Francisco. La aparición del anciano se desvanece pero la energía depositada en Pancho se acrecienta. El anciano se fue pero él esta despertando de su letargo, de su Nirvana. Recibe la luz y se da cuenta que en toda vida humana hay un instante preciso y supremo que marca la huella decisiva y es su momento ya que se ve entre los dos caminos. Uno diáfano, claro; el otro oscuro involutivo.

Pero el regocijo ante la luz permite el éxtasis hasta de su última célula. Por fin levanta sus ojos al cielo para quedar asombrado ante su magnífica belleza. Recibe como en una iniciación rayos de paz y amor y juntando sus manos, sin proponérselo exclama: ¡Dios, Dios mío!

Recibe reminiscencias de otras vidas, penetra el misterio de la roca, siente la vida, al ombú lo llama compañero, el agua le sonríe y le entrega su secreto. Sus canales se van modulando.

Ya está viviendo la obra maravillosa de la naturaleza, y así días y noches, percibiendo el eco de las voces que atraviesan el silencio. Su mente dialoga, hace preguntas que atraen respuestas y así va absorbiendo sus vibraciones puras, naturales, y consustanciándose con ellas recibe la cátedra sublime del Universo; la cátedra a que estaba destinado.

Reverso de la foto que verifica su autenticidad

Así adquiría su diploma de Maestro, abrazando la armonía del Universo. Estudiándose a sí mismo y enfrentándose al mundo invisible para los demás, no ya para sí, que ha descorrido su velo, tuvo la revelación de ese germen de verdad depositado por Dios en la conciencia humana y tuvo también el conocimiento de Él, como fuente original de todo lo creado.

Define los lazos que unen el alma al cuerpo y penetra en los misterios del nacimiento y de la muerte; sabe de dónde viene el hombre, porque está en la Tierra, y ve y comprende en todo la justicia divina. Su sensibilidad le permite captar esa voz extraña de la pampa que le da el conocimiento de la ligazón del presente con el pasado y el futuro y es Francisco Sierra el que abre las puertas de la ciencia del alma en que ella destruye a la muerte dándole al hombre el conocimiento de su grandeza eterna.

Sabe el progreso del espíritu sin tregua a través de sucesivos renacimientos, hasta adquirir luces que le permiten aproximarse a Dios. Ha bebido del manantial de aguas eternas que regando sus latentes fuerzas hace que afloren espontáneas, y es poseedor de la verdad de la misión que eligió para su vida, al tener conocimiento de sus facultades maravillosas. Ha palpado que el hombre en sus anhelos penetra el alma de la misma roca.

Así tenemos un médium poderoso que logra demostrar que la mediunidad curativa es un hecho real y positivo; las curas magnéticas no dan lugar a dudas y Panchito Sierra tuvo la supremacía de demostrarlo en el altruismo de su grandeza.

A su casa llegaban diariamente durante muchos años centenares de enfermos, buscando alivio a sus males; el camino a lo de Sierra era el camino de todos, era el camino de la fe y la esperanza. Sus obras han quedado en el tiempo y para el tiempo, conociéndose en toda la República, habiendo traspasado fronteras, y por ello siempre se lo recuerda y venera con profundo cariño y gratitud.

Las páginas de oro de su historia guardan infinidad de casos de personas que desahuciadas por los médicos, en las manos de Sierra, encontraban salvación.

Algunos ejemplos aunque habría miles para citar, testimoniados en la más limpia veracidad de personas serias, incapaces de creer o decir algo dudoso. Exponiendo de esta forma las diferentes facetas que abarcan sus manifestaciones colocadas en el bien y para el bien.

Cierto día, Pancho Sierra estaba rodeado de mucha gente que esperaba turno para ser atendida. La entrada de la casa estaba llena de sulkys, break y caballos. De pronto Sierra dirige su mirada hacia la puerta, desde donde hace su aparición un hombre, lentamente, como si el peso que trajera le prohibiera avanzar, o como si sus piernas estuviesen atadas; no levanta la mirada del suelo, como si tuviera cargo el cargo de una vergüenza. Sierra se le acerca, y dándole un vaso de agua, le dice: "Has vencido tu orgullo y tu osadía. Tus cuentas son mas claras. Te verás libre de todo bagaje. Ahora vete, pero nunca hables de cosas que no sabes en perjuicio de otros"

Cuando este hombre inicia su regreso asombra su transformación. Camina con toda agilidad.

Se trataba de un conocido médico, que perjudicado en sus intereses, había tenido para Sierra comentarios inmerecidos, por lo que le fue dada una buena lección.

En aquellos tiempos la langosta era plaga temible que arrasaba todo el esfuerzo del hombre puesto en sus cosechas, en sus huertas, dejando todo en completa desolación; aparecían en grandes mangas que tapando el cielo y el sol, oscurecían el día. Hubo un año que Rojas y Pergamino tuvieron estos desastrosos visitantes que limpiaban los frutos en partes de sus tierras; pero los campos de Sierra permanecieron intactos.

El señor Martín Bastarrica, radicado en 9 de julio, padecía una dolencia del corazón. Opinión de médicos: Incurable. Un amigo de Martín le dijo a éste, que yendo a lo de Sierra se curaría, así lo había soñado. Martín Bastarrica se negó a ir; después de varios días volvió el amigo para decirle que el sueño se había repetido y que estaba dispuesto a llevarlo. Martín accede y es acompañado además por su esposa. El viaje lo hace acostado y tienen que hacer noche en Chivilcoy. Cuando llegaron a destino Pancho Sierra los recibió con estas palabras: "Hace un mes que te he llamado. A pié podrías haber venido".

Se había cumplido exactamente un mes desde que el amigo tuviera su primer sueño. Bastarrica vivió veintitrés años más. Era muy amigo de la familia Sierra.

Un vecino de Salto muy conocido caminaba con mucha dificultad ayudado con muletas. Se dispuso a ir lo de Sierra y cuando éste vio su mateo en la puerta le gritó que tirara sus muletas y bajara. Aquel obedeció, y cuando llegó a su lado, Sierra al ofrecerle un vaso de agua le dice: "Eso té pasa por hereje con los animales. Si quieres caminar sin dificultad tira esa cadena con que les pegas, y podrás hacerlo". Este buen hombre no preciso más de sus muletas, pero tuvo buen cuidado de no pegarle más a sus caballos.

Cierto día conversaba Pancho Sierra con su amigo Juan Manuel Montes. De pronto Sierra dice: "Por el camino viene un enfermo. Pero es tarde. Va a morir antes de llegar". El amigo mira el camino sin ver absolutamente nada. Sierra agrega: "El coche viene como a una legua". Siguen la charla, y al rato aparece un coche en el que viene un joven acompañado de sus padres; más o menos a doscientos metros antes de llegar el enfermo sufre una descompostura, deben detener el coche para atenderlo, y la madre baja corriendo para llegar a lo de Sierra. Este sale de su casa con su amigo y al enfrentarse a ella le dice: "Lo siento. Es tarde. Tu hijo ha muerto".

Los tres se acercan al vehículo para comprobar que el joven había muerto apenas la madre se había bajado.

Corre el año 1890, el Maestro Sierra sabe que una enferma necesita mucho de su agua para curarse, y más de sus palabras para encarar el futuro. María Salomé de Subiza, está muy enferma y lo espera. Los médicos diagnostican una muerte irremediable. Alguien le dice que visite a Pancho Sierra, que en él puede estar su salvación. María al principio resiste el consejo, pero su voz interior la convence.

El mal en un rápido avance le impide realizar el viaje, y surge en ella un deseo más intenso de consultar a este ser por su dolencia.

Las circunstancias obra del destino, obra de Dios, pone en camino a Sierra hacia la Capital. Enterados los parientes de María lo entrevistan y le piden que vea a la enferma. Pancho llega a la casa de María, observa a la enferma, se miran en silencio, es posible que en ese momento no hacían falta las palabras. Después de un rato Sierra dice:

"¿Por qué no querías venir a verme? Hace rato que te llamo". María lo mira con asombro.

- ¿Por qué no te acompaña tu marido?

- Él no pudo dejar sus negocios.

- Se te morirá muy pronto hija, lo mismo que yo.

En esa habitación, en ese momento ocurrió algo trascendente más allá de la comprensión humana. La energía que depositó Pancho y la conversación que tuvieron resultó el bálsamo necesario para la sanación de la enferma.

Al darle de beber agua le entrega una oración para que la repita en ese mismo momento recomendándole que la repitiera diariamente.

Le anunció que tendría miles de hijos espirituales, pues ella sería la continuadora de su obra.

María se recupera. Su marido muere casi al mismo tiempo que Sierra. Cumpliéndose el vaticinio de Pancho son miles los hijos que acuden a la Madre María. Hasta el mismo Hipólito Yrigoyen la consultaba.

No faltaron los incrédulos que desearon probar ellos mismos lo mucho que se decía de las maravillosas curas de Sierra, atreviéndose a llegar hasta su casa con un supuesto mal. El maestro siempre sabía las intenciones de los incrédulos y les decía: "Váyanse, pero luego tendrán que venir por el mal que se han anunciado". Y así era, en efecto, pasadas unas horas no tenían más remedio que acudir a Don Pancho para que los liberara del dolor que padecían y de ésta forma quedar convencidos de tan cierta realidad. Estos casos divertían mucho a Sierra.

Su puerta, sus manos y su corazón estaban abiertos a todos. Su videncia le permitía predecir con exactitud el origen de los males de los enfermos aún sin conocerlos. Sabía de la posibilidad de curación o no. Los llamaba con el pensamiento, algunos muy remisos cuando intentaban acudir ya no tenían las fuerzas para llegarse a lo de Don Pancho, y mandaban a un emisario y muchas veces la respuesta era: "lo lamento, ya es demasiado tarde".

El agua milagrosa que ofrecía a todos los enfermos caía desde el cielo hasta su aljibe y al pasar por sus manos le imponía la fuerza curativa con una fuerte vibración emanada de su magnetismo.

En su madurez el rostro acentúa serenidad. Barba y cabellos largos como de profeta.

Usa sombrero grande y en invierno no abandona su poncho de vicuña. Siempre es amigo del mate que lo acompaña en sus meditaciones. Entre sus amigos se pueden mencionar a Máximo Paz, el General Roca, Bartolomé Mitre, Rafael Hernández, Adolfo Alsina, Cosme Mariño entre otros.

A los sesenta años se casa con una joven hija de un pariente, Leonor Fernández. Su intención es dejarle todos sus bienes. Tiene una hija con Leonor llamada Laura Pía Sierra.

El 4 de diciembre de 1891 emprende el viaje, dejando esta vida, una leyenda, una realidad, un mito, una fuerza.

Más allá de este relato, resulta interesante desentrañar el mecanismo que moviliza a cientos de personas evocando a Don Pancho Sierra, habiendo transcurrido más de un siglo de su muerte. Veneración y agradecimiento son los sentimientos que despierta año tras año en la multitud que visita su mausoleo en la ciudad de Salto.

Que su recuerdo siga vivo.

Extractado del libro: "Don Pancho Sierra" escrito por Angélica Elena Boggia de Callegari Publicado en el mes de noviembre de 1971.

 

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