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     Antofagasta de la Sierra      Catamarca de Todos       Los Valles Calchaquíes     
 
 
 
 
 


































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Catamarca vigilada

“Nuestros cerebros construyen matemáticamente la realidad <concreta> al interpretar frecuencias de otra dimensión, una esfera de realidad primaria significativa, pautada, que trascienda el espacio y el tiempo. El cerebro es un holograma que interpreta un universo holográfico”

KarlPribram y David Bohm

 
Lunes 23 de febrero
Ciudad de Catamarca



Voy a comenzar por el final del viaje, que fue el primero sin la compañía de Myriam y las circunstancias, una vez más, acudieron para demostrarme que no debo dudar tanto.
A las 21 horas, como habíamos convenido, tocamos timbre con Pablo en la casa de Aida, tía de Sebastián. Al tardar en responder entré por el corto pasillo y con una moneda golpeé en el vidrio de la puerta intermedia.
Cuando Aida nos abrió la puerta, percibí un intenso aroma a “jazmines del país” que me fascinó.
Entramos con Pablo al hall, él se sentó en un sillón al lado de María Esther. Entonces Aida me condujo al primer patio de la casa para mostrarme las ramas de la planta que se asomaban sobre la terraza de una habitación.
-Venga para aquí, no vaya más atrás, ve, ahí están los jazmines, aunque el aroma también viene del otro patio, que es donde está la planta.
Desde esa posición veía el cielo y a dos estrellas, una debajo de otra un poco en diagonal. La de más abajo era visible sólo por la posición en que estaba parado, si hubiera estado un poco más adelante las ramas o la propia terraza habrían impedido distinguirla.
Recuerdo que quedé mirando las dos estrellas embriagado por el perfume y de repente la estrella de más abajo comenzó a moverse en forma diagonal.
Quedé completamente sorprendido y atiné a gritar, -Vean, miren, se mueve.
Pero mientras ascendió de derecha a izquierda se apagó y ninguno pudo apreciar ese espectáculo.
Instantáneamente pensé que este era un regalo, atestiguado por la presencia de una nave confundida entre las estrellas para corroborar que Ellos estaban.
Sentí una gran alegría y supe que el viaje había sido coronado con un mensaje que debería interpretar.
Luego llegó Claudia y fuimos todos a comer a La Ritchmon frente a la plaza de Catamarca.
Al día siguiente regresaba a Buenos Aires.


Miércoles 18 de febrero



Había creado muchas expectativas en este viaje y desde muy adentro sentía la necesidad de realizarlo.
Héctor Cruz cada vez que lo veía en Amaicha del Valle insistía:
-Ahí tiene que ir, hay cosas muy fuertes.
Aquí estaba en un colectivo con un grupo de personas heterogéneas
rumbo a la Puna Catamarqueña.
La primera parada fue en la ciudad de Londres donde prevalecían las Ruinas de Shinkal.
Mientras recorría ese valle, vivenciaba a los aborígenes que habían desarrollado su existencia a la vera de esas montañas, viviendo comunitariamente.
Fernando, el guía que nos acompañó, contó figurativamente la historia y el posterior drama de ese pueblo.
Aunque parezca mentira sentía la presencia vaporosa de humanos transitando el lugar.
Llegamos a la ciudad de Belén nombrada “Cuna del Poncho”.


Jueves 19 de febrero


Entrábamos en la aventura, comenzaba el ripio, las curvas, los badenes y el trepar.
Transitamos la inmensidad, contemplando gigantescos volcanes desde el rugiente colectivo, que iba buscando aire fatigosamente.
Amenizábamos conversando, contando historias de vida entre mate y mate. El grupo se iba aclimatando en el sentir común de apreciar la magnificencia del panorama.
Almorzamos entre apachetas (Piedras apiladas que expresan el pedido de quien la deposita ) y la vasta extensión compuesta de rocas y pequeños yuyos, fuertes como la misma Puna.
Al llegar a El Peñón, encontramos un vergel, huertas, álamos y manzanos. - ¡Qué desazón, sus frutos estaban verdes!
Las personas acuñadas en cobre, viniendo de la estirpe aborigen nos miraban con curiosidad. O quizás en el fondo era recelo.
Llegamos a Antofagasta de la Sierra.
Casas de adobe, rectangulares, bajas, las calles envueltas en tamarindos y álamos.
El dolor de cabeza y de nuca eran insoportable, los tres mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar se hacían sentir.
Entramos con Pablo al bar del hotel y saludamos a un grupo muy animado de catamarqueños que también había llegado esa tarde.
Andaban con tensiómetros midiéndose la presión arterial, entre chiste y chiste incluyéndonos a nosotros. Me acerqué a su mesa y les pedí prestado uno de esos instrumentos. Estaba seguro que tenía presión.
Ciento setenta y noventa, esa era la razón de mi dolor de cabeza. Pedimos un té de coca y me tomé una aspirina.
Mi cena fue una ensalada de zanahoria y lechuga y temprano a la cama.
A las cinco de la mañana me despertó un terrible dolor de nuca, me levanté y tomé dos pastillas para la presión.
Sentía que iba a dejar mi piel allí en ese lugar a mil ochocientos kilómetros de Buenos Aires. Traté de relajarme y poco a poco me dormí.


Viernes 20 de febrero


Abrigaba la secreta esperanza de poder sacar fotografías de las que llamo: “raras”.
Esferas como burbujas (Caneplas), energías y algún ovni que se dejara fotografiar. Pero como siempre ocurría, no me enteraba hasta el regreso al descargar en la computadora las cuatrocientas fotos digitales que estaba dispuesto a tomar.
Otros integrantes del grupo también se sintieron mal e hicieron reposo, incluso Pablo anduvo con agudos dolores de cabeza.
Coincidimos que allí había algo más que provocaba el malestar.
Esa mañana fuimos hasta una laguna cercana para ver flamencos y llamas, por la tarde nos dirigimos hasta un cañón, siempre en el jadeante colectivo.
Los paisajes cambiaban pero la inmensidad se imponía majestuosa, potente. Las nubes y el viento giraban más alto y descendían hasta nosotros señalándonos como intrusos.
Para la noche estaba proyectado cenar truchas en la casa de Mariela y luego ver el carnaval de la Puna.
Puntualmente a las veintiuna horas todos estábamos reunidos en el comedor y la dueña de casa doña Cirila nos entregaba una comida apetecible.
Amable y solícita se movía ligero, hablando con unos y otros. Orgullosa mostraba sus trabajos en telar. Se la veía con una fuerza enorme. Cabello negro igual que sus ojos, pómulos prominentes en un rostro oval, piel del color de algún tipo de ágata amarronada.
Era el alma de la casa y se veía que Mariela sentía un enorme amor y respeto por ella igual que el resto de la familia.
Terminamos de cenar cuando pasaba frente a la ventana la primera carroza conmemorando la festividad.
Salimos a la calle donde estaban ubicados en diversas sillas el gobernador de Catamarca y su mujer y otros funcionarios. La locutora de muy buena dicción dirigía el avance de las restantes carrozas. Cada una de ellas se detenía frente al jefe de gobierno y algunos participantes cantaban coplas en su honor.
Lo telúrico llegaba testimonial, confrontando con las nuevas costumbres y los mismos disfraces representaban la Puna de ayer,
autóctona, contrastando con otras regiones en las vestimentas y la música. Era como el desarraigo de la tradición ancestral ante la imposición de nuevas formas, producto de circunstancias inducidas por la pseudo-modernidad.
Y por suerte había un cacique que recibía esa entrega y reclamo aparentemente inconsciente.
La alegoría en la carroza de la Pachamama reflejó que esa cultura proveniente de cientos o miles de años, contenía más sabiduría que la adquirida en las Universidades europeas.
Simplemente respetaban a la Tierra y le hacían ofrendas, esa cultura que por años fue tratada como bárbara, daba su lección ante el cacique y sus funcionarios y también ante el mundo, desde un pueblo de la cordillera de Los Andes.
Toda la tecnología moderna ha puesto en peligro la existencia humana. Los hechos y nuevos vaticinios lo demuestran en forma incontrovertible.
Ellos en la mansedumbre de sus vidas elevaron Pucaras a seis mil metros de altura, construyeron con piedras y adobe sus viviendas y sus morteros no sólo servían para moler maíz. Llenándolos con agua lo utilizaban como observatorios astronómicos.
Respetaban a la Tierra, sabían que es un Ser y que tiene inteligencia.
Documenté el paso de varias carrozas pero el flasch de una de mis máquinas no funcionó, de cualquier manera continué con las tomas en la esperanza de obtener un buen resultado.


Sábado 21 de febrero


Llegamos después de varios kilómetros de marchar sentados en la caja de una camioneta a un cañón en el que serpenteaba un arroyito.
En las paredes de la montaña había pinturas representando a individuos y animales. Me dediqué a fotografiarlos tratando de controlar mi dolor de cabeza.
Almorzamos unas viandas y el grupo a instancias de Sebastián se internó siguiendo el curso del arroyo.
Permanecí sentado en una roca tratando de comprender y de imaginar a los primitivos habitantes en ese lugar, pintando su propia representación.
Figurativamente allí estaban siguiendo su impulso y dejando una huella. Los veía caminar plenos de vitalidad, libres sin responsabilidades, jugando divertidos, alejados de prejuicios y dogmas, de contratos y compromisos. Todo era de todos y sanos vivían. No había melancolía ni stress, pero si libertad.
Sentí esa libertad subyacente que emanaba de la misma roca, la que había sido impregnada por esos seres en el transcurrir de cientos o miles de años.
La energía de la atmósfera era intensa y como tantas otras veces veía los corpúsculos moviéndose en el aire.
Mi corazón era recorrido por una gran paz y me detuve en ese instante fugaz y eterno siendo la roca, el arroyo, las nubes y el cielo.
Adriana apareció con pasos lentos, venía descompuesta y se sentó sobre una piedra. Comenzó a hablar de su estado, de su vida, de sus hijos, de su matrimonio, quizás la paz del lugar la motivó para alivianar su alforja.
Como empezaba a correr un viento frío decidimos volver a la camioneta junto con Clara.
El resto apareció al rato y emprendimos el regreso torturante por el frío, la tierra y el traqueteo en esa caja destemplada.
Con un pequeño grupo decidimos tomar un café en lo de doña Cirila, nos invito a su cocina y ante una gran mesa comimos pan casero y bebimos café, mientras el televisor continuaba encendido, recibiendo la señal satelital.
Nos estaba preparando un cordero para la noche.
Fui a descansar, necesitaba un baño caliente y ordenar los pensamientos.
Antofagasta, que hermoso nombre y significado: “Casa del Sol”, la había visto abajo y por arriba, desde una meseta extendiéndose hasta los volcanes Alumbrera y Antofagasta, sus techos de adobe o de tejas, sus calles de tierra y su gente. Los habitantes en un acto alusivo a la fiesta de la Puna, en la única plaza, presenciaban y escuchaban con sus niños, las coplas y canciones de los alumnos de la escuela.
Pero en esos rostros serios y adustos percibía la atemporalidad de sus existencias, el dolor de querer ser lo que no se es, y por eso el silencio de sus palabras lanzadas en breves y rápidos sonidos.
No querían ser entendidos, no lo necesitaban, estaban en otro mundo, más sabio.
Después de la cena en que el cordero supo a poco por lo sabroso, salimos a la calle para ver el desfile de las carrozas. Allí mismo se elegiría la mejor.
La noche estaba destemplada y comenzaron a caer lentamente unas gotas de lluvia pesadas, cargadas de pasado, como el pueblo, como la gente.
Los que componíamos el grupo estábamos muy cansados y sin mucha resistencia cada uno volvió a su cuarto.


Domingo 22 de febrero


Me desperté temprano y a las ocho de la mañana salí a recorrer las calles de Antofagasta. Caminé hasta la plaza. Un muchacho marchaba a los tumbos, evidentemente bajo los efectos del alcohol ingerido en el baile, organizado después que finalizó el carnaval.
Llegué a la iglesia y saqué varias fotografías, el silencio era majestuoso y debía ser respetado, ni las hojas de los árboles se movían para no hacer ruido.
A las diez partimos para Belén. Las vicuñas desparramadas, próximas al camino nos miraban sin temor y con cierta curiosidad.
Estábamos dejando atrás la fuerza de los volcanes, el latir de la Tierra en un grave silencio de soledad.
Eso era, se palpitaba la soledad de la Puna que nos despedía arrogante en su planicie.
Que metamorfosis me envolvía, había cambiado, era otro, regresaba después de cuatro días extraños sintiendo que llevaba todo el paisaje dentro de mí. Y también las energías penetrantes en las rocas, en los animales, en los hombres, mujeres y niños que absorbían la esencia sutil dócilmente, entregados al designio de la Pachamama.
En Belén cenamos e intercambiamos nuestros correos electrónicos, el día siguiente prometía el regreso a nuestros hogares y el grupo cambiaría de forma.


... Lunes 23 de febrero
Ciudad de Catamarca



Quería caminar por las calles de Catamarca, salí del Hotel Ancasti y llegué a la plaza principal, allí estaba la Catedral imponente, pintada de un color bermellón oscuro. Desde la plaza le tomé una fotografía como obligado, y me encaminé hacia la peatonal.
A las 21 horas con Pablo llamábamos en la casa de Aida…
 
 
 
 

 

 Pedro F. Callegari